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En este
borde sureste de la hacienda Villa Carmen está justamente el
nacimiento del Río Madre de Dios o Amaru Mayo. Por más coincidencia,
por este punto sale el sol a la hacienda, visto desde el antiguo
albergue. Aquí el Madre de Dios comienza a fluir hacia el Este. Y allí
donde el agua sale de la fotografía, allí comienza el pongo o estrecho
del Kóñec. En ese pongo fue donde este río fue "bautizado". De su
nativo Amaru (río) Mayo pasó a conocerse también como el Madre de
Dios. Este nombre que tomó en el tiempo de la colonia se debe a una
tradición muy especial.
El pongo
del Kóñec tiene unas características geofísicas que pueden estar
extrañamente conectadas a la íntima naturaleza de nuestro planeta. A
poco de nacer el Madre de Dios (Aquí llamado alto Madre de Dios, hasta
de recibe al río Manu, en Boca Manu), este poderoso río es sometido a
un repentino estrechamiento, donde el cauce adquiere una gran
profundidad no conocida hasta el momento y donde toma una apariencia
espectacular. Por la margen izquierda, los roquedales le abren cuevas
sombrías, al borde del agua; le entregan veneros de aguas cristalinas,
nacidas de fuentes a pocos metros arriba y le ofrecen terrazas
naturales desde las que se puede placidamente contemplar tal
maravilla. Por la margen derecha le caen al río cascadas hembra, que
tienen forma de roca y agua con apariencia de genital femenino.
Notable coincidencia para que aquí el río tomara nombre de mujer.
Vino a ser
el pongo del Kóñec lugar donde nativos y colonos tuvieron sus primeros
encuentros. Había sido antes encuentro de nativos Opatari (de la
región donde ahora está situado Pillcopata) y nativos mashcos, gente
poco adepta a recibir extranjeros de cualquier parte, que vivía (no
queda apenas rastro actual de esta etnia) en la margen izquierda,
pasado el asentamiento de Atalaya. Fue siempre el Kóñec un lugar de
encuentros: era el lugar donde el pueblo iba a pescar. Aún hoy es un
sitio privilegiado para la pesca de buceo para algunos turista de
aventura. Pero a tantos encuentros de nativos y foráneos se unió un
día un visitante inesperado: sobre las aguas del Amaru Mayo en el
Kóñec apareció una imagen de mujer blanca; una y otra vez la veían
nativos y colonos. Unos más extrañados que otros, los nativos
preguntaban ¿Quién es esa mujer? ¡Es blanca, no es de acá! ¡Tiene cara
blanca, manos blancas, va con vestidos blancos! ¿Quién esa mujer? Y
los colonos les contestaron: es la Virgen, es la Madre de Dios.
¿Qué cosa es eso? Madre de Dios; preguntaban los nativos.
Es lógico que tal acontecimiento se hiciera popular. Los hechos
extraños son atractivos, sugerentes, famosos, y se incorporan al uso
del lugar, se incluyen en las costumbres y terminan siendo parte de la
tradición local. La gente comienza a hablar del tal sitio refiriéndose
a tal acontecimiento. Los pescadores nativos y no nativos que
incursionaban hasta las ricas aguas del Kóñec, ¿dónde decían que iban
a pescar? Al lugar donde estaba la Madre de Dios. ¿Donde se
encontraban unos y otros? Donde estaba la Madre de Dios. Así el lugar
tomó ese nuevo nombre y así comenzó a conocerse a partir de tales
acontecimientos que generaron nueva costumbre. |
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De tal modo
que el Amaru Mayo no cambia de nombre por la supuesta manía que (según
dicen algunos esnobistas) tenían los españoles de ponerle nombre
cristiano a todo lo indígena americano. El caso del Madre de Dios se
resiste por sí mismo a esta crítica. Tanto es así que,
inmediatamente de ocurrir estos hechos legendarios, los naturales y
radicados en esta región se empeñaron en radicar también la imagen de
la Virgencita aparecida en el Kóñec. ¿Como vamos a dejarle a esta
mujer con esa cara blanca, con esa piel blanca, con sus manos blancas?
¡Hagámosla como son nuestras mujeres acá! Y le pusieron cara y piel de
campesina serrana o de nativa del Avisca. Y la trajeron a las altas
sierras del Paucartambo, que limitan los Andes con el Avisca, la selva
amazónica al Este del Cusco. Los serranos son más; los de la selva son
menos; los serranos consiguieron traer a la Virgen blanca a su
territorio, aunque más de una vez se les escapó a su selva del Amaru
Mayo. Pero fue así como a aquella Virgen del Kóñec la hicieron su
Virgen Cancha. La hicieron campesina andina y la vistieron polleras
serranas. Y la nombraron su Patrona. Ahora sólo falta reivindicarle su
origen a la Virgen Cancha, y hacerla también Patrona del Parque
Nacional y Reserva de Biosfera del Manu. Porque de allí es. ¡Justo
será conseguirlo!
Pero
volvamos al Kóñec para tocar de nuevo ese punto donde nace el gran
río. El encuentro de estos afluente que le dan carta de nacimiento:
Los ríos Pillcopata y Piñi-Piñi que vienen del Sur y del Norte,
respectivamente, a unirse aquí: un acontecimiento geofísico
ciertamente muy raro. Algo tan inusual no puede dejar de tener
importantes consecuencias. Más si se trata del elemento agua; elemento
íntimamente ligado a la vida en nuestro planeta. Dos corrientes
energéticas de dos latitudes opuestas, de dos ríos que vienen en la
dirección de los polos opuestos: Norte y Sur. En un instante continuo
se encuentran, se unen, se suman. ¿Cuánta de esa energía se manifiesta
aquí? ¿Cuánta de esa energía vital palpita constantemente en este
lugar? La experiencia de sentir esa descarga energética en este lugar
es, para algunas personas especialmente sensibles, abrumadora. Basta
llegar allá, respirar profundo y sereno, abrir la mente, dejarse
"informar", para sentir un poderoso impulso de la Naturaleza Tierra.
¡No es una broma! Es la verdad del planeta en que vivimos. ¡Es la
Naturaleza que aun nos sorprende!
Con las
pequeñas embarcaciones nativas no es prudente atravesar el Kóñec en
determinadas épocas fluviales. Los remolinos de agua pueden más que
los remos y su corriente va en direcciones múltiples, no sólo
horizontales, también de arriba a abajo y de abajo a arriba. Pero
cuando el Amaru Mayo sale del pongo del Kóñec, se apacigua nuevamente
y se convierte de inmediato en navegable. Justo a la salida del pongo
está el puertecito fluvial de Atalaya; aquí el río no sólo se hace
grande; más aún: manifiesta su grandeza.
© Darío Herreros & Abel Muñiz, 2007
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